El Buho de Minerva Enprende el Vuelo al Amanecer. - El Cabasset D`antaño

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Mirando desde el futuro a nuestro pasado.

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lunes, 29 de agosto de 2016

El Buho de Minerva Enprende el Vuelo al Amanecer.

En la Sagrada Familia, ubicada en uno de los barrios más emblemáticos de Alicante, el Plá del Bon Repós, comienzan los recuerdos de mi historia.

En la Sagrada Familia, ubicada en uno de los barrios más emblemáticos de Alicante, el Plá del Bon Repós, comienzan los recuerdos de mi historia. Eran tiempos difíciles para casi todos. Y más para dos viudas-mi madre y mi abuela-con cuatro niños muy pequeños. Casi irreconocible es hoy el barrio que era, pues casas a modo de colmenas hechas de ladrillos, cemento, tejas… y esperanza solo esta recién inaugurada “Historia de una proeza”, como de forma tan evocadoramente bella se recoge en el libro de Fernando Gil Sánchez, Historia del Barrio de la Sagrada Familia de Alicante.

…Y es que España en general y Alicante en particular, necesitaba, no sólo donde cubrirnos de las inclemencias del tiempo, sino también donde reposar nuestros sueños. Donde al calor del brasero, seguir en/con la Historia y con historias, para intentar recuperarnos del peor de los males que somos capaces de hacer: guerras, y dentro de ellas, las sin parangón: civiles. En las que lo que entra a matar es la envidia, la codicia, los rencores, los complejos…entre hermanos, vecinos…y cuyas secuelas tardan, a veces siglos, en curar. En esa doliente España, a este nuevo barrio que se abría al futuro, llegamos nosotros. Una familia entre familias, muy afines en su necesidad, en su ilusión, en sus heridas… 

Lo que nos rodeaba: todo huertas, luz, color y esas bellas casitas de tres alturas, que destacaban con sus tejas rojas y chimeneas humeantes de bullicioso hogar. Jardines a la calle para, no sólo enraizar con el paisaje, sino para compartir con todos esa belleza, ese futuro. Con piscinas interiores, colegios...y con unos picaportes de bronce, en cada una de nuestras verdes puertas, que repicaban como campanas de sonidos de alegría a casi todas las horas del día. Para llamar a nuestra casa la contraseña era dos y repique, al ser un segundo piso. 
Repique que se adjudicó a las viviendas izquierdas y sin él a las derechas, y nunca supe de quién partió la ordenanza, aunque supongo que no iría con mensaje cifrado A mí siempre me encantó lo del repique, era como la propina esperada y celebrada a todo canto, toda música que se precie… Esta alegría se estimulaba más porque se hacía mucha vida en la calle. Tres alturas no era nada, para acabar con una forma de vida: vida compartida, vida con los demás, vida con los vecinos, que se necesitaban y se ayudaban, más que nunca. Sabedores desde siempre que somos animales sociales. Sabedores desde reciente los desastres de la práctica en contrario, de matarse en vez de amarse.



Se solía salir al campo, pero el de enfrente de casa, porque el campo empezaba al salir de casa. Se hacían paellas, se bajaban sillas y ganas de cantar, bailar, hablar, jugar…y hasta las tantas de la noche, sobre todo en verano. Que en esta bendita tierra nuestra, es casi todo el año una larga y soleada primavera, un largo día estival… Muchas veces me he preguntado, si se puede vivir más el campo dentro de una ciudad y en una ciudad turística como la nuestra, desde tiempos inmemoriales, pues fue una de las entradas preferidas por todos los pueblos de Oriente, aunque a veranear, lo que se dice veranear, no vinieran. Más lo que somos-y mucho bueno es-a esos “turistas” se lo debemos.

Esta pionera urbanización la constituían siete preciosos bloques, con siete no menos preciosos y espaciosos patios centrales, con lo que la luz-esa calefacción natural-entraba a raudales. Y si todos los caminos conducen a Roma, en mi pequeño y mágico mundo todo conducía-en los primerísimos tiempos de callejear, pues pronto repararía en ese ensueño que es el Benacantil hecho castillo, hecho morada de fantasías-a la Plaza Manila-ese ágora-donde el sentir de sentires se reunía. Que si a grandes gustaba ir a su círculo a charlar, ni que decir a los críos, pues en una esquina, habían instalado una fábrica de caramelos y el olor lo impregnaba todo, de tal manera que a sus puertas nos atraían, parando un poco nuestros juegos. Más he de confesar, con cierta frustración en el recuerdo, que jamás ni un solo caramelo nos dieron. Aunque hoy comprenda que hubiera sido su ruina, pues aunque sin la tecnología actual, de seguro que España entera se hubiera enterado y millones de mañacos a sus puertas hubieran llegado.

Nos consolábamos en la tienda del “Agüelete” que así le llamábamos, al que si viejo, de tonto ni un pelo, y en la misma Plaza y cerca de ese hacer de las delicias, puso un negocio de chucherías, que por décadas duraría. Y a pocos pasos una vaquería y fuera sus machos-esos toros-en correría… Un carrito de helados, con sus cortes entre barquillos, sus “coyotes” de dos gustos a elegir: fresa con nata, chocolate con “mantecao”, en verano, a gritos de la siesta nos despertaba. 
En invierno una abuelita con su sangueta calenteta, castañeras con castañas y boniatos, y un borrico con arrop i tallaetes, nos aportaban aún más el brío más que necesario, para seguir en la calle, en el trote…y a la hora de beber, una “chorraeta” de las cabras de un cabrero, al que no pareció importarle nunca, si eso era merma de su dinero. 

Éramos el futuro, y la mayoría estábamos algo enclenques. Este cabrero nuestro, ese “primer Marshall”, reía con nuestras persecuciones para que parara el cortejo de “Amalteas” y nos diera una rociá del blanco y sabroso líquido elemento, que nos sabía a manjar de dioses. Pero que era fuente de preocupación para nuestras madres, que decían que había que hervir la leche… También reían los de la “mangarriega”-esos que nuestras calles regaban- cuando detrás de ellos y burlándonos para provocarles, nos mojaban…

Coger flores era una de mis pocas aficiones pacíficas (otra por mi muy querida era experimentar los vuelos, juegos, ensueños, historias… sobre ruedas a modo de suelas engarzadas en unas botas, en Montemar), pues criada a la sombra de tres belicosos chicos, sus enseñanzas en mi, fueron escuela. Me encantaba estar entre flores, plantas aromáticas, entre su belleza y fragancias. Entre árboles y tierra. Entre piedras e historias…y practicaba lo que forma parte de nuestra naturaleza: la recolección. Lo que unido a la afición de mis hermanos, que menos lo de recolectar flores pues cosa de niñas era, recolectaban de todo, hacía que nuestro hogar, pareciera un museo de Ciencias Naturales. 

Ellos, mis hermanos, se decantaban por traer toda clase de animales y después de hacerles experimentos los dejaban a disecarse al sol de la terraza, previo paso a ponerme entre las sábanas alguna sorpresa a modo de arañas, lagartos…lo que me hizo descubrir pronto lo que son las herramientas: palos de escobas, zapatillas…para defenderme en compensación a ser una-ellos tres-, pequeña y delgaducha niña… Por si esos pequeños animales eran pocos, teníamos gatos, perros, conejos, pollitos, pavos…No todos a la vez, sino por turnos. Por Navidad: el pavo, que se compraba vivo, con grandísima alegría lo recibíamos, lo cuidábamos…entre lloros nos lo teníamos que comer luego. Sí, la vida es cruel desde el principio. 

Tuvimos hasta patos, que en un gran barreño de aluminio, ya arrumbado por viejo y que servían para casi todo: lavar la ropa, bañarnos a nosotros…los poníamos a nadar. También conejos, cuya madriguera estaba en la despensa, que por tener tenía hasta su ventana, para ventilación, luz, vida, para el conejo de turno, pues siempre era por turno, ya que nuestro “arca de Noé”,era y es pues sigue siendo mi hogar, de escasos 60 metros cuadrados. Aún recuerdo el olor de una alfalfa, que vendían para los conejos cerca del “Bar Nuevo”, que así llamábamos a la Plaza de Pío XII, otra de nuestras queridas plazas. Y pájaros no nos faltaron para mi disgusto, pues nunca pude soportar, ni soporto ver unas alas cercenadas de su vuelo…



Y el Búho de Minerva entró en nuestras vidas, en mi vida… para darme una gran lección, para dar a esos incrédulos, bárbaros chicos de mi infancia, hermanos y amigos de juegos y riñas, una gran enseñanza… En la esquina de mi casa pusieron un bar unos franceses, lo que no despertó ningún interés en mí, hasta que le vi. Tenía unos ojos preciosos, brillantes… era majestuoso. Y claro, el revuelo fue monumental: ¡Un búho! y de cerca. No de ficción, de los que en las películas habíamos visto. Entonces a nuestro barrio, la televisión no había llegado. Los animales exóticos, los conocíamos por los libros del colegio, por los cuentos, por el cine-cine de nuestro barrio, el Goya, y el cine de verano, en la calle 

Góngora y por los relatos, esos cuentos que se narraban al cerrarse el día… Y allí en una jaula-para mi no entender su porqué, para mi pena por su diminuto espacio- en un bar, esa maravilla mirándonos. Y me atreví a dar sonido a mi sentir y le dije a su dueña: ¿Me lo da? Las risas de esos vándalos aún resuenan en mí. La dueña del bar y del “mito” de inmovilizadas alas, harta ya de nosotros nos echó, mientras los bárbaros se mofaban de mi petición y yo les tiraba todas las piedras que podía… Pero él había entrado en mí, no podía olvidarle. Le sentía, le sabía tan cerca. Le pensaba en su prisión, esa jaula tan pequeña, sin poder volar. 
Y en cuanto salía a la calle mi primer sitio era el bar. Pero ya no a pedirlo, sino a verlo, a saber de él. Preguntaba que comía, como estaba…y así día tras día, mientras los otros niños se reían. Pasó el tiempo, y en la infancia, como en la vida toda, todo pasa y se olvidaron de mis visitas y del búho, pues en nuestro rústico hábitat, de continuo se producían novedades y así yo seguí viéndole, hablándole, consolándole y consolándome de no tenerle…

Y sucedió. Y fue como tantas veces en mi vida ocurriría…, cuando ya ni lo soñaba. Un día que, al salir del colegio, antes de subir a mi casa, le hacía la visita de rigor, para saber como estaba, la dueña me llamó, y me dijo” pasa” y era pasar donde él estaba, pues yo le veía siempre desde una cierta distancia, para no disgustar a su dueña y evitar que me echara. Para mi asombro y alegría, tomó la jaula y me dijo: ”¡es tuyo¡”. Salí, que era unas castañuelas con trenzas… mientras él me miraba con ojos de interrogación. 

Al momento nos vimos -el búho y yo- rodeados por los bárbaros, cuyas caras y sobre todo cuyos rictus -porque en eso se quedaron sus risas- tampoco he olvidado. Y entonces se oyó la voz del jefe de aquellos jenízaros, para más señas mi hermano mayor, mi Tete como yo le llamaba, y que era -sin parangón- el más fiero guerrero, al que todos temían, -todos menos yo, que pronto descubrí sus talones de Aquiles-, el que llegó a poner orden y mando, sobre lo que había que hacer con ese magnífico ejemplar, que su hermana, sólo con las armas de la constancia, la esperanza y la fe, había “cazado” y que creo jamás me perdonó, por las veces que le he visto irse de caza, caza…y las peloteras que tuvimos al respecto…



La venganza dicen que es un plato que se toma frío, y aunque no recuerdo que en ese momento tan feliz, yo albergara ese nefasto sentir, si me puse -en mi nombre y en el de él y por él- en mi sitio y le recordé, a todos y en especial a ese “capitán Trueno” con el que el destino tuvo a bien hermanarnos, que era mío y sólo yo decidiría, con el consentimiento de nuestra madre, sobre qué hacer… Dando gritos de alegría y llamando a mi madre, subí a mi casa. No se sorprendió, acostumbrada ya a tanto bicho que portábamos, y le miró eso sí, impactada por su belleza diciendo: “Es una jaula muy pequeña, voy a por la vieja fresquera“. 

Sí, eran, las fresqueras nuestras neveras colgantes, y la fábrica de hielo, cerca del cine Goya, el lugar donde nos suministraban los pedazos del oro blanco que se derrite, como las alas de Ícaro con el sol, lo que nos enfriaba los alimentos dentro de neveras de plástico portátiles, sin olvidar esos preciosos botijos que siempre nos acompañaban…
Y en ese día cambió mi vida y la suya. Y ese día le mudamos de prisión, a una más grande, aunque siempre presidio…
Y seguían sus ojos reluciendo, pero ahora tan cerca de mi…
Y mi sueño se cumplió, pero no el suyo…
Y yo lo sabía. Tenía que volar. Había nacido para volar…
Y volaría…

Publicado por Alfredo 

MARAVILLAS BAEZA
(Fotos sacadas de ESTE artículo de Elkiko)

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